Horarios para las visitas guiadas de La Colegiata
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La gran desconocida del estilo
Románico Bizantino de Asturias.

Fue en principio monasterio benedictino de San Pedro y de San Juan de Val de Teverga.
En 1092 fue donado por la condesa Doña Aldonza, hija del Conde Munio Fernández, a la iglesia de San Salvador de Oviedo con todos sus lugares, bienes y pertenencias.
La fundación de la Colegiata parece que data del año 1107, a juzgar por la fecha del libro llamado del “codo”, perteneciente a la misma, que hoy se halla archivado en el Real Instituto de Jovellanos de Gijón.

El estilo de la iglesia es el propio de la Arquitectura románica, organizada por Roma, coetáneamente con la bizantina o de Constantinopla y que extendida por el medio día de Francia, merced a la dominación de los francos, transcendió a Cataluña y a Asturias por las íntimas relaciones que mediaron entre Carlo Magno y Alfonso el Casto, llegando a adquirir en nuestra región un carácter privativo, que le mereció el nombre de Arquitectura asturiana.

El edificio es todo de cantería labrada, siguiendo el modelo de las antiguas basílicas cristianas, con sus tres naves y planta de cruz latina. Varía el ábside, que es rectangular, y no de hemiciclo como se usaba constantemente en el género romano bizantino, debido al incendio sufrido en esta parte durante el XVII. Las bóvedas son de cañón seguido, cuyos arcos semicirculares o de medio punto se apoyan en cilíndricas y pesadas columnas.

Al arranque de las bóvedas corren anchas impostas formando juegos de ajedrez que dan a la iglesia un aspecto majestuoso y severo.

La situación de la misma es de Occidente a Oriente, es decir, de modo que los primeros rayos de sol alumbraran el templo aludiendo así a Jesucristo, sol de justicia que debe alumbrar a nuestro corazones, Miras éstas muy propias del que era entonces muy dado a las representaciones simbólicas.

El conjunto, en el interior, es sumamente sobrio debido a la disposición y estrechez de su ventanas que dejan pasar apenas luz, lo cual también entraba en la intención de los artífices que se proponían reconcentrar el espíritu en la meditación.

Llaman la atención en este monumento arquitectónico, el vestíbulo, los capiteles de las columnas centrales, el presbiterio, las armas de la Casa Miranda esculpidas en los machones, los sepulcros, las inscripciones y otros interesantes detalles.

El vestíbulo

Forma el primer cuerpo de la Iglesia, sitio destinado por la antigua disciplina a los catecúmenos, penitentes y otros a quienes no se permitía pasar más hacia el interior. Es de tres naves, sumamente bajas y de igual altura, con dos puertas, la principal a los pies del templo resguardada por el pórtico, y la del costado que da al claustro. En el flanco de la derecha hay dos tragaluces y dos ventanas semicirculares (enrejadas) en el de la izquierda.

Los capiteles son muy variados. Parece que tal era la norma de los artistas, no producir cosas iguales. Su decoración consiste en líneas y cordones enlazados en diferentes formas, círculos, figuras humanas, cuadrúpedos con aves superpuestas (capiteles de la entrada por el pórtico) y otras caprichosas concepciones.

Esta parte es admirable por su misteriosa significación, toda en ella está en completa armonía con los fines a que se destinaba. La sombría oscuridad, mayor aquí que en los demás del lugar sagrado, lo bajo de las bóvedas que sobrecoge el ánimo y abate el espíritu y obliga a inclinar la cabeza y reflexionar la mística figura del todo el frente del capitel que se destaca al acceso del templo por el claustro, figura de talla incorrecta pero de alto simbolismo, con los brazos extendidos y levantados en actitud orante…

Todo convida a la meditación, a la penitencia, a la abstracción de las cosas terrenas. Y es que el artista al idear estos monumentos tenía fijo su pensamiento en el cielo, a cada paso dejaba muestra de su fe.

No construía a la obra al acaso, sino que aspiraba a que el cristiano participara, al pisar las naves centrales del piadoso recinto, de los mismos sentimientos que lo habían inspirado. En los robustos machones que con su cancela de hierro, hoy desaparecida, separaban el vestíbulo del resto del edificio, aparecen esculpidas las armas de los Miranda y Ponce de León.

Armas de la Casa de Miranda

Los grandes pilares, que dividen el primero del segundo cuerpo del tempo, lucen en uno y otro costado el escudo de armas de los señores del apellido Miranda, marqueses de Valdecarzana y Vallehermoso que posee en la actualidad el Conde de Santa Coloma.

Tiene cinco bustos de doncellas en sotuer o aspa de San Andrés, al timbre una cabeza de león con corona y por ola dos sierpes de dos cabezas cada una, enlazadas por ellas en el jefe y en la de la punta del escudo.

Acerca de su origen dice Tirso de Avilés: Que en el año 781 el malvado rey Mauregato concedió por parias cien doncellas, 50 nobles y 50 plebeyas las cuales redimieron después el rey Ramiro.

Que a cinco doncellas hijas-dalgo con que contribuyeran a prorrata los concejos de Cangas y de Tineo cierto romero que venía de Santiago de Galicia, llamado Álvaro Fernández de Miranda, entrando en batalla matara a cinco moros que los custodiaban, liberándolas del cautiverio y entregándolos a sus padres; por cuyo hecho valeroso fueran dados por armas a los Miranda y Ponce de León y que el uso de serpientes dimanaba entre otras versiones que andan escritas de que un caballero del linaje de Miranda había dado muerte a una serpiente muy fiera, temor de la comarca.

La Iglesia de San Pedro de Teverga

A continuación del vestíbulo sigue la nave principal del templo, destinada según el plan de las primitivas Iglesias a recibir al pueblo mientras oraba y ejercía sus actos para dar culto a Dios. Está separada de las dos naves laterales por elegantes arcos de medio punto y las cubre a las tres una bóveda de cañón seguido.

Esta segunda parte del templo es alta, de igual elevación que el coro, a diferencia del cuerpo primero o de la entrada del edificio, cuyas naves son tan bajas y reducidas. Todo ello es característico de este género de construcciones y entraba en la mente de los arquitectos cristianos. Y es que el vestíbulo y la nave mayor del templo expresaban muy diversos sentimientos: aquel es el lugar de meditación y arrepentimiento, éste del entusiasmo y de la gloria; allí se lloran los pecados cometidos, aquí se alaba la bondad de Dios.

Así vemos en nuestra iglesia, cuya entrada misteriosa baja y oscura, infunde respeto, llama la penitencia, mientras que, ya de lleno en el interior, más luz, lo dilatado de las naves, la altura de las bóvedas engrandecen el alma, purifican el sentimiento y nos hacen elevar los ojos al cielo, admirando la gloria de Dios y esperando en la infinidad de su misericordia.

Capiteles de las columnas principales

Forman uno de los ornamentos más notables del templo y presentan más delicadeza y maestría que los del vestíbulo. Las labores que en el primer cuerpo de la Iglesia aparecen ligeras y sencillas son aquí más minuciosas, y el buril se hunde más la piedra y la taladra con mayor facilidad y arte.

Se caracteriza por la presencia de figuras humanas y de animales en original composición al capricho y libertad del escultor. El capitel del lado de la derecha ostenta, entre otras creaciones de la fantasía, la escultura de un hombre con cabeza de monstruo, emblema del pecado, una águila explayada con las alas abiertas, dos hombres entrelazados y gesteando grotescamente, otro en actitud orante, un guerrero con su lanza, otros a caballo, etc.

En general predominan figuras humanas, al contrario del capitel del costado izquierdo, en el que a excepción de una figura orante y dos combatientes heridos con flechas se ven esculpidos variados animales representación quizás de la fauna local de aquellos tiempos. En ambos capiteles es igual la moldura den forma de cordón que los abraza en su parte inferior, llamado estrágalo, no así el capitel, que en el primero aparece Orlando de líneas y cordones cruzados en varias formas mientras que en este último luce una serie de círculos cincelados con suma delicadeza.

Prebiterio

Esta tercera parte del templo y la más sagrada del templo por celebrarse en ella los divinos misterios, tiene un aspecto elegante y majestuoso con sus grandes arcos semicirculares de los lados y por el frente, presentando gracioso contraste sus tres bóvedas a igual elevación aunque más bajas que la de la nave o cuerpo central.

Su construcción obedece en todo a las leyes litúrgicas. Ocupa el lugar de mayor recogimiento y respecto, cual corresponde a las funciones altísimas del sacrificio. Está en plano superior al del resto del edificio denotando con ello la excelsitud de los misterios que allí se realizan.

Se halla separado por una balaustrada, antiguamente de hierro, de la nave central, que simboliza la separación de las cosas celestes de las terrazas. Por último ofrece una particularidad que no apenas se advierte por lo sombrío y la altura del arco triunfal.

Este arco situado donde termina la nave mayor y comienza el santuario o presbiterio, que da entrada al mismo, viniendo a ser su portada, recibe aquel nombre a causa de su semejanza con los monumentos análogos erigidos en honor de los emperadores romanos victoriosos y para recordar a su vista el triunfo con el cual Cristo, mediante su muerte en la tierra entro triunfante en el santuario del cielo. Por lo mismo solía estar embellecido con ornamentación propia y adecuada.

Y esa es la que tiene, por cierto, la pared que está encima del arco triunfal de nuestra Iglesia. Bajo una cenefa de vistosos recuadros, a uno y otro lado de la ventana del naciente, aparecen cincelados sendos clípeos o molduras circulares, representando el cordero divino tendido sobre el libro apocalíptico de los siete sellos que sólo él puede abrir según la visión de San Juan.